viernes, 23 de julio de 2010

La respuesta del Doctor.

Pensé en el valor literario que tendría publicar acá la respuesta de mi padre. Pero como esto no tiene ningún valor, mas que el que le da el que escribe: aquí la respuesta de aquel al que quiero y que vivirá por siempre en este espacio:

Otra carta a mi hijo.

No soy escritor, sólo escribo lo que pienso. No sé si escribo bien lo que pienso o si pienso bien lo que voy a escribir, simplemente escribo. Nunca he querido ser escritor, sin embargo algo debe haber dentro de mí que se transmitió al Agustín Vélez que es mi hijo y a la vez el nieto del otro Agustín Vélez, este último con un Gallegos como segundo apellido. Él sí que escribía, era poeta, tenía algo de loco pero no era músico.

A mí me gusta leer y escribir y también escuchar y disfrutar de la música. Pero, no soy ni músico, ni poeta, aunque sí loco. Mi hijo, el tercero de los Agustín Vélez, algo heredó de los dos anteriores, mi papá y yo. Escribe como loco, desaforado vomita palabras como ladrillos de un castillo, construye, crea, disfruta lo que crea. Otorga tonalidades a las frases, las hace cantar, como creador, les da vida. Se siente Dios y lo dice abiertamente y en lo corto, en su terapia.

Es cierto, hace 12 años escribí una carta que, al igual que ahora, tuvo su origen en la necesidad de decir algo. Entonces quería confiarle mis pensamientos acerca del sentido de mi vida, de la de nadie más, pero, como es mi hijo, los hizo suyos. Les encontró su propio sentido y lo agradece. Cuando soy yo quien le agradece haberles encontrado algún sentido a ese manojo de palabras que liberé de mi cuerpo; ellas querían salir y yo las dejé ir. Sirvieron de algo.

Crecí con una frase en mi cabeza: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar” “Caminante, no hay camino sino estelas en la mar”

A mi hijo con amor de orgulloso padre

Ciudad de México, al final de la primera década del siglo XXI

domingo, 11 de julio de 2010

El Rocanrol del Doctor.

Mira que no soy afecto a escribir recuerdos reales porque me parece un truco barato. Aunque mira que a veces aquellos son los más efectivos, sobre todo si los ojos que los observan son los de un público atento a cualquier cosa que los saque de su caminata eterna sobre el centro de sus ciudades. Dónde quedó la bolita, se preguntan y si es que acaso adivinan, se desilusionan pues han descubierto el truco. Un truco barato no espera ser descubierto precisamente porque fue gratis, ¿qué chiste tiene descubrirlo? Pero la verdad es que nunca quise ser mago; como sabes, siempre quise ser violinista en un mariachi.

Y mira que no soy afecto a las metáforas pero ya me aventé un par sin sentido y ya no sé dónde quedó la bolita. La verdad es que, amigo mío, últimamente mi cabeza está dividida en tres cáscaras de nuez y nunca adivino dónde mierdas quedó el recuerdo que buscaba.

Pero si miro hacia arriba, aparece el título de esto y entonces te digo que recuerdo que a ti siempre te gustó el rocanrol. Y ayer me eché una película que estaba llena de canciones y de historias de esa música que tú me enseñaste y por la que me llevaste y que me ha acompañado en todas las etapas de mis treinta.

Fíjate que no recuerdo cuál es la primera que recuerdo, pero sí sé que Beautiful boy de Lennon, me era tarareada en mis primeros años por las cuerdas de tu garganta según me cuentan. Y según me cuento a mí mismo cuando me da por hacer trucos baratos, recuerdo aquellas fiestas que dabas para tus amigos. Yo entonces tendría seis o siete años. Me gustaba aparecerme después de media noche, cuando ya todos habían dejado sus disfraces al fondo de la botella o del clóset, caminando haciéndome el dormido aunque con los ojos bien abiertos con mi cobija rosa a rastras. Y entonces los señores me hacían la fiesta y reían y yo les decía por adentro, “ándenles, cabrones, ríanse del niñito que mañana, cuando no se puedan ni mover, él se estará riendo de ustedes”. Y ese “mañana” viajó por el tiempo hasta que me di cuenta que la que ganaba era la cruda sobre todos nosotros.

Pero siguiendo con la fiesta, yo me colocaba justo debajo de aquella mesa de vidrio, la mesa del centro de atención que me ha acompañado toda mi vida adulta y tú tenías ya esa guitarra café y cantabas tequila con limón y un poco de ron aunque todos, hasta yo, sabíamos que nomás cantabas para divertirnos.

Porque a ti lo que te gustaba era escuchar discos de Frank Zappa o el Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band los domingos después de haber comprado el UnomásUno. Cuando eran las diez de la mañana en la casa del centro de Tlalpan y tú ponías aquellos discos que sonaban a agujas raspando vinil y yo despertaba con siete u ocho años caminando ligero por ese largo pasillo y te encontraba ahí, cantando y escuchando; o sólo escuchando, y yo me acostaba a seguir el sueño que había tenido a tus pies mientras tú interpretabas como buen siquiatra esas canciones o mis sueños o al país o la portada del Who´s next.

Y mira que no soy afecto a mostrarte mi afecto en público porque somos hombres y Viva- La-Paz-hijos-de-la-Chingada, pero hoy ya es domingo por la noche y en la mañana pensé mucho en ti. Porque pasa que cuando me da por preparar el desayuno los domingos, sigo la misma rutina que recuerdo tú tenías. Y pongo un disco de los clásicos a todo volumen valiéndome madre si molesto a los vecinos, echo cualquier cantidad de huevos, salchichas, jamón, cebolla y chile al sartén y desayuno mientras leo La Jornada a falta del UnomásUno. Pero eso sí, evito poner A day in the life porque escuchar ese final tan temprano, me sigue sacando de onda aunque ya esté huevoncito. Y una vez he terminado, voy al baño con un libro, el que sea que esté leyendo y entonces recuerdo que otro de los placeres que me heredaste, (además del de cagar), es el de la literatura.

Y mira que el de la música y el de los libros, para mí siempre han ido de la mano. Porque da la casualidad de que el primer libro al que me llevaste, (porque nunca me lo diste en la mano, conductista de cuarta), fue La Tumba de José Agustín. Y entonces las palabras se movían tan libres como los dedos de Clapton en el Sunshine of your love y yo veía sorprendido que los escritores no eran sólo esos barbones que escuchaban vals mientras apuntaban en sus libretitas los traumas de señoronas sans sacudidas como Freud en sus Obras Completas, sino rockstars que usaban las comas y los puntos y las “y” para unir historias a un ritmo vertiginoso y meramente desmadroso. Y así como pasé del fresa She loves you de los Beatles al durísimo Sándwich de Zappa, también fui avanzando de esa Tumba hasta llegar al Se está haciendo tarde o al Pasto verde de Parménides. Y ahí valió madres, mi hermano. Porque entonces vino Hemingway, Miller, Burroughs, Kerouac y Leonard Cohen y Sam Shepard y Bukowski que sí chupaba y en serio. Esos sí eran hombres y no pedazos como los putos maricas de la Literatura de la Onda.

Pero repito, ahí valió. Porque entonces tiré al excusado el futbol y sus regaderas grupales medio homo y me fui derechito por el camino del strong silent man como bien le llama Tony Soprano. Me gustó la soledad de la noche frente a un teclado, escuchando música, dándole duro a las teclas como si no hubiera mañana. Pero ese también es un disfraz, una fachada más rocosa pero fachada al fin. Y en fin que así fui yo y aquí estoy yo, abusando de las groserías y las “y” para esconder lo que realmente siento.

Que es decirte que te quiero.

Que mi más grande tesoro es una carta que me escribiste cuando cumplí dieciocho años. Esa carta que me escribiste desde Santiago de Chile un nueve de octubre de hace doce años. Esa carta escrita con una letra incomprensible de doctor, que me describía como un hombre sensible, capaz de crear lo que quisiera. Esa carta que me decía que no había camino ni bueno ni malo, solamente el mío. Esa carta que, irónicamente, consulto cada vez que pierdo el rumbo y no sé para dónde ir como ahora. Esa carta que me hizo escribir esta carta, ahí por si ocupas. Esa carta que me dice que sí, que la vida es jodidísima pero tiene su lado bueno.

Que no es que el malo gane, sino que el bueno lo interpretó Mel Gibson y Mel Gibson apesta.

Que no es que Ringo fuera malo, sino que lo opacaron tres estrellas que sin él no hubieran brillado.

Que no es que no hubieras querido que fuera siquiatra, sino que no quise serlo.

Que no es que las mujeres estén locas, sino que los hombres no nos hemos tomado el tiempo suficiente para averiguar si realmente nosotros somos los cuerdos.

Que no es que Obladí Obladá sea una canción de mierda, sino que le gusta a los niños.

Que no es que la noche sea corta, sino que yo, por pinchi necio, la quiera hacer más larga de lo que, científicamente, es.

Que no es que Zappa sea incomprensible, sino que yo, por mi complejo de Dios, no pueda sentarme a escuchar lo que otros hacen mejor.

Que no es que, cuando jugaba futbol, fallara las más fáciles, sino que metía las más difíciles.

Que no es que nada, sino que todo.

Que si todo está jodido, no hay como pararse un domingo, poner un buen disco de rocanrol y echar en el sartén todo lo que quepa.

Y desayunar sin prisa, alimentar a la opinión propia y pensar que esta vida se hizo para vivirla como viene, día a día y mejor si ese día tiene un Here comes the sun armonizándolo.

Y por supuesto, para ir a cagarla después y a lo que sigue.

Para mi Padre con todo el All you need is love que cabe en estas páginas.

Agustín Vélez Romero.

Campeche, D.F.

11 de julio del dos mil diez.

sábado, 5 de junio de 2010

Ouroboros.

Ouroboros.

Guión literario.

Por Agustín Vélez.

1. INT. HABITACIÓN. MADRUGADA.

Un cuarto oscuro. Al fondo, la única ventana en la habitación deja pasar la luz de la madrugada. Se escuchan algunos autos transitando por la calle. Las cortinas se mueven levemente con el viento. Un auto que pasa alumbra lo suficiente como para enseñar la sombra de una pareja abrazada frente a la ventana.

2. INSERTO.

Sobre pantalla negra aparece, letra por letra precedida por un cursor de computadora, el título del cortometraje.

Ouroboros.

3. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

Una habitación arreglada impecablemente. Una gran lámpara que pende del techo, ilumina la cama perfectamente bien tendida y habitada por numerosos muñecos de peluche, el tocador de madera repleto de artículos femeninos, el espejo, la alfombra, la bicicleta estática, el clóset de madera y un pequeño buró al lado de la cama, que sostiene además de un cenicero limpio y una botella de agua, un portarretratos con la foto de ÁNGELA y AGUSTÍN en traje de baño, ella con un cuerpo magnífico y bronceado, él flaco, barbón y pálido. Al fondo una alberca y parte de una casa que podría estar en Cuernavaca. Ella sonríe orgullosa, él luce ausente, como si quisiera estar en otro lado.

4. INSERTO.

Sobre pantalla negra aparece, letra por letra precedida de un cursor de computadora, el siguiente súper.

SÚPER:

Luz.

5. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

Es de noche. La habitación iluminada por la gran lámpara. Sobre la cama perfectamente arreglada, repentinamente cae del techo AGUSTÍN, veinte años, jeans viejos, camisa azul clara, descalzo. Barba de dos semanas, cabello negro y desordenado, ojos negros perdidos en la nada. Luce preocupado. Frente a él se encuentra ÁNGELA, hermosa, rubia, cabello largo suelto, ojos enormes, facciones finas, cuerpo pequeño, compacto. Recorre nerviosa la habitación, dando pasos breves y simpáticos. Lleva una prueba de embarazo en las manos.

AGUSTÍN:

¿Estás embarazada?

ÁNGELA

(Tomando del tocador la caja de la prueba, para después leer el reverso):

En cinco minutos más.

Agustín saca de la bolsa de su camisa una cajetilla de Camel y un encendedor. Extrae un cigarro, trata de encenderlo pero su encendedor ya no tiene gas. Está más nervioso que nunca. Guarda el cigarro en la cajetilla y ésta a su vez en la bolsa de su camisa.

Ángela:

No es el fin del mundo, Agustín.

6. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

Una tremenda explosión hace temblar la habitación, se escuchan rechinidos de llantas de autos, choques, gritos de mujeres, niños llorando, más explosiones. Por la ventana se alcanzan a ver nubes de humo y fuego.

PERSONA POR LA VENTANA

(OFF):

¡Es el fin del mundo!

AGUSTÍN y ÁNGELA se miran a la cara horrorizados. AGUSTÍN se levanta con un salto de la cama y comienza a correr por la habitación. ÁNGELA, de pie, no se mueve, tratando de averiguar cómo reaccionar. AGUSTÍN se acerca corriendo a la ventana. Se escucha el galope de varios caballos.

AGUSTÍN:

¡Se acabó!

ÁNGELA estática. Su rostro luce impasible.

AGUSTÍN:

¡Ángela, por Dios!

7. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

El rostro de ÁNGELA luce sereno. Incluso sonríe levemente hacia AGUSTÍN quien sigue sentado en la cama con las manos sobre el rostro. ÁNGELA deja la prueba de embarazo sobre el tocador y se acerca a AGUSTÍN. Le acaricia el cabello.

AGUSTÍN:

Es demasiado. No voy a poder.

ÁNGELA:

Sí podemos.

AGUSTÍN:

No.

ÁNGELA se aleja de Agustín, enojada. Se para frente a él.

ÁNGELA:

Bueno, yo puedo sola.

AGUSTÍN:

Claro.

ÁNGELA:

Con una mano en la cintura.

AGUSTÍN:

¿Sí?

8. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

ÁNGELA llorando, con el rostro desencajado. Lleva una mano, que no es ninguna de las suyas, agarrada a su cintura y muestra una panza de siete meses de embarazo. Voltea hacia todos lados, en busca de AGUSTÍN.

ÁNGELA:

¡Agustín! ¡Agustín!

AGUSTÍN no está en la habitación. ÁNGELA lo busca incluso debajo de la cama. Llora desesperada.

ÁNGELA:

¡Agustín! ¿Dónde carajos estás?

ÁNGELA, desesperada, corre hacia la ventana y se arroja por ella.

9. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

ÁNGELA, parada frente a AGUSTÍN, ya no luce tan segura.

ÁNGELA:

Claro que puedo.

AGUSTÍN:

Me imagino.

ÁNGELA se acerca al tocador y toma la prueba de embarazo. AGUSTÍN la mira expectante.

ÁNGELA:

Dime tú, yo no quiero.

AGUSTÍN:

No estés jugando, Ángela.

ÁNGELA:

Entonces la tiro.

ÁNGELA amaga con tirar la prueba por la ventana. AGUSTÍN se levanta de un salto hacia ÁNGELA intentando detenerla.

AGUSTÍN:

Está bien, dámela.

ÁNGELA tiende la prueba a AGUSTÍN. Éste la toma nervioso, temblando. ÁNGELA lo mira expectante. ÁGUSTÍN baja la vista poco a poco.

11. INSERTO.

Sobre pantalla negra, va apareciendo letra por letra precedida de un cursor de computadora, el siguiente súper:

SÚPER:

Oscuridad.

Tal como apareció, el súper se borra para dar paso a otro:

SÚPER:

Apagón.

12. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

AGUSTÍN baja poco a poco la vista hacia la prueba de embarazo que sostiene en su mano derecha. ÁNGELA sigue su mirada. Repentinamente, se escucha un ligero tronido y la luz se extingue de golpe.

ÁNGELA:

Se fue la luz.

AGUSTÍN:

Puta madre, ¿en serio?

ÁNGELA:

No, yo la apagué.

AGUSTÍN:

Ángela, por favor.

ÁNGELA:

¿Qué? Ahorita regresa.

AGUSTÍN:

Te oyes tan tranquila.

ÁNGELA:

No lo estoy, me muero de miedo.

AGUSTÍN:

Yo también.

ÁNGELA:

¿Qué vamos hacer?

AGUSTÍN:

Cualquier cosa menos tener ese bebé.

ÁNGELA:

Eres un idiota.

AGUSTÍN:

Con más razón. Ese bebé no se merece un padre idiota.

ÁNGELA:

Tampoco merece morir.

AGUSTÍN:

Si no nace no tiene por qué morir.

Se escucha el ruido de un objeto chocando contra el piso.

ÁNGELA:

¿Qué fue eso?

AGUSTÍN:

Se me cayó la prueba.

ÁNGELA:

Pendejo.

AGUSTÍN:

Pendeja tú si la pisas.

Se escucha que ÁNGELA comienza a llorar.

AGUSTÍN:

No empieces, preciosa, no pasa nada.

ÁNGELA:

Tú no eres el que va a cargar con eso nueve meses.

AGUSTÍN:

Pues no.

ÁNGELA:

Pues no. ¿Y dónde está la puta luz?

De golpe, la luz regresa. ÁNGELA y AGUSTÍN se miran a los ojos, confundidos. Lentamente bajan su mirada hacia la prueba de embarazo que yace sobre el piso. Ésta parece mirar sus rostros asustados, viéndola fijamente, esperando el resultado final.

13. INSERTO.

Sobre pantalla negra, aparece letra por letra precedido de un cursor de computadora, el siguiente súper:

SÚPER:

El esperado final que busca sorprender a todos.

14. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

ÁNGELA y AGUSTÍN sentados sobre la cama perfectamente bien tendida. Los dos tienen los ojos cerrados. AGUSTÍN tiene en sus manos la prueba de embarazo.

AGUSTÍN.

Si es positiva voy a demandar a Trojan.

ÁNGELA:

Nos caería bien el dinero.

La pareja abre lentamente los ojos. Frente a ellos, la prueba les dice con un signo de menos marcado sobre una pantalla de tela blanca, que el resultado es negativo. Los dos se voltean a ver con una sonrisa en el rostro. No lo pueden creer. Sin embargo, en un segundo, la prueba cambia totalmente para mostrar un signo de más. El resultado es positivo. La pareja se mira incrédula. No saben qué pasa. Y menos cuando observan con sorpresa que la prueba cambia de nuevo a negativo. Es demasiado. Es demasiado cuando los dos observan con pavor que la prueba de nueva cuenta, cambia a positivo.

ÁNGELA Y AGUSTÍN:

¿Qué carajos es esto?

15. EXT. AUTOMÓVIL. DÍA.

ANTONIO, un joven de veintitrés años, conduce su automóvil mientras habla por su celular. Sobre sus piernas lleva un montón de hojas. Luce bastante enojado.

ANTONIO:

¿Qué carajos es esto? ¡El final de tu cortometraje es una mierda!

ANTONIO suelta el volante y con la mano que le queda libre arroja el montón de hojas por la ventana.

ANTONIO:

¡No pienso dirigir esta pendejada!

16. INT. HABITACIÓN DE AGUSTÍN. DÍA.

AGUSTÍN, sentado frente a una computadora con un teléfono inalámbrico junto a su rostro. Viste jeans gastados, camisa azul claro, el cabello desordenado y barba de dos semanas. Descalzo.

AGUSTÍN:

Cálmate, Toñito, no sabía cómo acabarlo.

16-a. EXT. AUTOMÓVIL. DÍA.

Corte para ver a ANTONIO manejando su automóvil a alta velocidad.

ANTONIO:

¡Hijo de puta! ¡El corto está lleno de mamadas! ¡El fin del mundo, el suicidio! ¿Y qué chingados significa Ouroboros?

16-B. INT. HABITACIÓN DE AGUSTÍN. DÍA.

Corte para ver a AGUSTÍN frente a su computadora al teléfono.

AGUSTÍN:

Ve “El ladrón de orquídeas” de Charlie Kauffman. Ese sí que es un buen guión.

16-c. EXT. AUTOMÓVIL. DÍA.

ANTONIO rebasando con su auto a gran velocidad a otros automóviles.

ANTONIO:

¡Ya la vi y me cagó! ¡Me prometiste un buen final!

16-d. INT. HABITACIÓN DE AGUSTÍN. DÍA.

AGUSTÍN levantándose de la silla frente a su computadora con el teléfono sobre su rostro.

AGUSTÍN:

No te preocupes, Toñito. La historia tiene un buen final, un final feliz.

AGUSTÍN aprieta un botón del teléfono para terminar la llamada con ANTONIO. Camina lentamente y sale de su habitación. Entra a otra donde se encuentra ÁNGELA, frente a una ventana, cargando en sus brazos a un bebé recién nacido. AGUSTÍN se acerca a ella, la abraza por la espalda.

ÁNGELA:

Ya se durmió.

ÁNGELA lleva al bebé a una cuna y lo acuesta. Regresa con AGUSTÍN. Éste la abraza por los hombros. La pareja observa por la ventana hacia el infinito.

AGUSTÍN:

Quedémonos aquí hasta la madrugada.

ÁNGELA asiente con la cabeza. Junta su cuerpo al de AGUSTÍN mientras por la ventana, el día transcurre en cámara rápida hasta que llega la madrugada.

FIN.

¿Vienes conmigo?

¿Vienes conmigo?

Pregunta deseosa de estar

a mi lado,

la reina de las madrugadas tristes.

No le contesto

Tratando de contestarle

Con la mirada.

Observo sus cejas que se alzan

Presagiando,

La llegada de una nueva

Lluvia de roces

Y lengüetazos furtivos.

¿Vienes?

Pregunta de nuevo.

Se acomoda en la cama,

Que no es otra cosa,

Más que un colchón aderezado

Por sarapes de origen ancestral.

Decido acercar mis adentros hacia ella.

Me muevo con dificultad a través

De la espesa capa de miedo

Que reposa tranquila en la habitación.

Repito su nombre en la mente

Intentando aterrizar el avión

Que mi memoria ha lanzado al espacio tiempo atrás.

Me recibe con los brazos bien calientes

Una vez que ha trepado torpemente

Sobre el nicho ahora sagrado.

Culpo a la vida,

A la tierra,

A mi madre y

A dios,

Por haberme abandonado en este sitio

Donde la felicidad olvida que

Debe despertar de ese coma eterno y

Observar el techo frío y gris

Que es este cielo.

Intento llorar y no puedo.

Intento besarla y al verme indefenso,

Sube su pierna izquierda sobre mi cuerpo.

Me enpierna.

El sudor es ahora

Tan sólo un sueño que se repite

Y que nunca termina.

A ella no le interesa,

Saber si estoy

Listo o no.

No desea otra cosa

Más que mi corazón podrido

Y

Mi semilla dentro de su vientre.

Siento su sexo moverse

Y restregarse contra mi muslo.

La escucho subir por

Mi cuerpo inerte

E indefenso que apenas palpita.

No encuentro otra opción

Sino buscarme dentro de

Su jardín soleado.

Descansaré dentro de ella.

Le daré mis últimos respiros y

Crearé,

Como si fuera barro húmedo,

Una vasija que contenga mis dolores

Y mis fobias.

Encontraré dentro de ella

La mitad que creo

Me corresponde.

Llegaré a ese lugar donde la vida

No raspe

Tanto.

Moriré dentro de ella.

Veré el último fulgor

De mi mente,

De mi alma podrida,

Reflejado en sus ojos.

Ella ahora observa el techo.

Me recibe como cualquier otro día.

Como un caballo que espera la

Montada de su jinete,

Cada vez que el gallo canta.

Agustín Vélez

Muerte en la Bahía.

El cielo espera tu llegada.

Los edificios, las torres, los castillos y las estatuas,

Aguardan expectantes tu alzamiento infinito.

Las calles abren las piernas y la oscuridad entra aceitada,

Sin gota de sangre,

Perfecta.

Tus signos y tus animales

Se muerden la conciencia.

Entreabres los ojos,

Siempre tan inocentemente cerrados.

El mar protesta,

Arroja sus aguas

Contra la bahía.

(Los soldados comunitarios han entrado en Lisboa,

dan pasos inertes,

casi invisibles.

Los puños cerrados,

Las manos vacías,

Vacías de poder).

El infierno sabe de tu próximo arribo.

Tus turistas, tus putas,

Tu congreso y tus reyes muertos.

Tus meseros malencarados,

Tus camiones hediondos.

Tu vista preciosa, tu sentido humano.

Todo el paquete cobrado en Euros.

(Las ciudades no escogen al pueblo

que las habita,

y aunque el pueblo luche por ellas,

las ciudades son las que dan la cara,

al final).

La comunidad te absorbe,

Chupa tu bohemia realeza.

Morirás y caerás sobre

Los otros cadáveres.

!Detengan las campanas,

Portugal ha muerto!

!Que callen a los pájaros,

maten a las palomas!

!Que los barcos se hundan,

que las estatuas exploten!

!Resistencia!

!Libertad!

!Autonomía!

Bah.

Todos han muerto, asesinados.

Las palabras transparentes, apuñaladas.

Cielos cerrados.

!Portugal ha muerto!

!Lisboa le llora!

Ríos inexistentes,

De cálidas aguas,

Se escuchan venir.

Agustín Vélez,

Lisboa.

Junio, 2002.

viernes, 12 de febrero de 2010

Vélez Gallegos.



Vélez Gallegos.

Te miro y no sé quién eres.

Si eres yo u otra cosa que no sabe qué es.

Sé que tienes fibras que vibran al aire

Revoloteando

En un personaje oscuro

Lleno de luz.

Palomilla,

Mariposa,

Casa oscura,

Mierda de cura,

Qué guerra

Qué paz.

Que venga La Paz.

Eres para mi abuelo, diciéndolo en palabras simples:

Y me has dejado perdido buscándote

Entre mujeres de restos y rostros de

María.

Cambiaría cualquier cosa por no haber sido

Tu hijo.

Cambiarías cualquier cosa por no

Haber sido.

Pero soy.

Pero eres.

Una vez más soy por tres veces.

Y me has dejado como un algo

Que siente y que sufre y

Que siente

Como si en eso se le fuera la muerte.

Enterrado o volando estás.

Y yo vuelo, mi abuelo,

Recordándote.

Extrañándote poco.

Muy poco.

Subiendo y sabiendo que ahí estarás.

Añorando la piel

De eso que pudiste ser y

Que nunca fuiste.

Espero.

Espero ser.

Otro que no seas tú.

Pero que sea.

Entre escaleras

Café y mojadas y arena:

Que eso sea.

Agustín Vélez Romero.

Febrero once del dos mil diez.