sábado, 5 de junio de 2010

Ouroboros.

Ouroboros.

Guión literario.

Por Agustín Vélez.

1. INT. HABITACIÓN. MADRUGADA.

Un cuarto oscuro. Al fondo, la única ventana en la habitación deja pasar la luz de la madrugada. Se escuchan algunos autos transitando por la calle. Las cortinas se mueven levemente con el viento. Un auto que pasa alumbra lo suficiente como para enseñar la sombra de una pareja abrazada frente a la ventana.

2. INSERTO.

Sobre pantalla negra aparece, letra por letra precedida por un cursor de computadora, el título del cortometraje.

Ouroboros.

3. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

Una habitación arreglada impecablemente. Una gran lámpara que pende del techo, ilumina la cama perfectamente bien tendida y habitada por numerosos muñecos de peluche, el tocador de madera repleto de artículos femeninos, el espejo, la alfombra, la bicicleta estática, el clóset de madera y un pequeño buró al lado de la cama, que sostiene además de un cenicero limpio y una botella de agua, un portarretratos con la foto de ÁNGELA y AGUSTÍN en traje de baño, ella con un cuerpo magnífico y bronceado, él flaco, barbón y pálido. Al fondo una alberca y parte de una casa que podría estar en Cuernavaca. Ella sonríe orgullosa, él luce ausente, como si quisiera estar en otro lado.

4. INSERTO.

Sobre pantalla negra aparece, letra por letra precedida de un cursor de computadora, el siguiente súper.

SÚPER:

Luz.

5. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

Es de noche. La habitación iluminada por la gran lámpara. Sobre la cama perfectamente arreglada, repentinamente cae del techo AGUSTÍN, veinte años, jeans viejos, camisa azul clara, descalzo. Barba de dos semanas, cabello negro y desordenado, ojos negros perdidos en la nada. Luce preocupado. Frente a él se encuentra ÁNGELA, hermosa, rubia, cabello largo suelto, ojos enormes, facciones finas, cuerpo pequeño, compacto. Recorre nerviosa la habitación, dando pasos breves y simpáticos. Lleva una prueba de embarazo en las manos.

AGUSTÍN:

¿Estás embarazada?

ÁNGELA

(Tomando del tocador la caja de la prueba, para después leer el reverso):

En cinco minutos más.

Agustín saca de la bolsa de su camisa una cajetilla de Camel y un encendedor. Extrae un cigarro, trata de encenderlo pero su encendedor ya no tiene gas. Está más nervioso que nunca. Guarda el cigarro en la cajetilla y ésta a su vez en la bolsa de su camisa.

Ángela:

No es el fin del mundo, Agustín.

6. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

Una tremenda explosión hace temblar la habitación, se escuchan rechinidos de llantas de autos, choques, gritos de mujeres, niños llorando, más explosiones. Por la ventana se alcanzan a ver nubes de humo y fuego.

PERSONA POR LA VENTANA

(OFF):

¡Es el fin del mundo!

AGUSTÍN y ÁNGELA se miran a la cara horrorizados. AGUSTÍN se levanta con un salto de la cama y comienza a correr por la habitación. ÁNGELA, de pie, no se mueve, tratando de averiguar cómo reaccionar. AGUSTÍN se acerca corriendo a la ventana. Se escucha el galope de varios caballos.

AGUSTÍN:

¡Se acabó!

ÁNGELA estática. Su rostro luce impasible.

AGUSTÍN:

¡Ángela, por Dios!

7. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

El rostro de ÁNGELA luce sereno. Incluso sonríe levemente hacia AGUSTÍN quien sigue sentado en la cama con las manos sobre el rostro. ÁNGELA deja la prueba de embarazo sobre el tocador y se acerca a AGUSTÍN. Le acaricia el cabello.

AGUSTÍN:

Es demasiado. No voy a poder.

ÁNGELA:

Sí podemos.

AGUSTÍN:

No.

ÁNGELA se aleja de Agustín, enojada. Se para frente a él.

ÁNGELA:

Bueno, yo puedo sola.

AGUSTÍN:

Claro.

ÁNGELA:

Con una mano en la cintura.

AGUSTÍN:

¿Sí?

8. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

ÁNGELA llorando, con el rostro desencajado. Lleva una mano, que no es ninguna de las suyas, agarrada a su cintura y muestra una panza de siete meses de embarazo. Voltea hacia todos lados, en busca de AGUSTÍN.

ÁNGELA:

¡Agustín! ¡Agustín!

AGUSTÍN no está en la habitación. ÁNGELA lo busca incluso debajo de la cama. Llora desesperada.

ÁNGELA:

¡Agustín! ¿Dónde carajos estás?

ÁNGELA, desesperada, corre hacia la ventana y se arroja por ella.

9. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

ÁNGELA, parada frente a AGUSTÍN, ya no luce tan segura.

ÁNGELA:

Claro que puedo.

AGUSTÍN:

Me imagino.

ÁNGELA se acerca al tocador y toma la prueba de embarazo. AGUSTÍN la mira expectante.

ÁNGELA:

Dime tú, yo no quiero.

AGUSTÍN:

No estés jugando, Ángela.

ÁNGELA:

Entonces la tiro.

ÁNGELA amaga con tirar la prueba por la ventana. AGUSTÍN se levanta de un salto hacia ÁNGELA intentando detenerla.

AGUSTÍN:

Está bien, dámela.

ÁNGELA tiende la prueba a AGUSTÍN. Éste la toma nervioso, temblando. ÁNGELA lo mira expectante. ÁGUSTÍN baja la vista poco a poco.

11. INSERTO.

Sobre pantalla negra, va apareciendo letra por letra precedida de un cursor de computadora, el siguiente súper:

SÚPER:

Oscuridad.

Tal como apareció, el súper se borra para dar paso a otro:

SÚPER:

Apagón.

12. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

AGUSTÍN baja poco a poco la vista hacia la prueba de embarazo que sostiene en su mano derecha. ÁNGELA sigue su mirada. Repentinamente, se escucha un ligero tronido y la luz se extingue de golpe.

ÁNGELA:

Se fue la luz.

AGUSTÍN:

Puta madre, ¿en serio?

ÁNGELA:

No, yo la apagué.

AGUSTÍN:

Ángela, por favor.

ÁNGELA:

¿Qué? Ahorita regresa.

AGUSTÍN:

Te oyes tan tranquila.

ÁNGELA:

No lo estoy, me muero de miedo.

AGUSTÍN:

Yo también.

ÁNGELA:

¿Qué vamos hacer?

AGUSTÍN:

Cualquier cosa menos tener ese bebé.

ÁNGELA:

Eres un idiota.

AGUSTÍN:

Con más razón. Ese bebé no se merece un padre idiota.

ÁNGELA:

Tampoco merece morir.

AGUSTÍN:

Si no nace no tiene por qué morir.

Se escucha el ruido de un objeto chocando contra el piso.

ÁNGELA:

¿Qué fue eso?

AGUSTÍN:

Se me cayó la prueba.

ÁNGELA:

Pendejo.

AGUSTÍN:

Pendeja tú si la pisas.

Se escucha que ÁNGELA comienza a llorar.

AGUSTÍN:

No empieces, preciosa, no pasa nada.

ÁNGELA:

Tú no eres el que va a cargar con eso nueve meses.

AGUSTÍN:

Pues no.

ÁNGELA:

Pues no. ¿Y dónde está la puta luz?

De golpe, la luz regresa. ÁNGELA y AGUSTÍN se miran a los ojos, confundidos. Lentamente bajan su mirada hacia la prueba de embarazo que yace sobre el piso. Ésta parece mirar sus rostros asustados, viéndola fijamente, esperando el resultado final.

13. INSERTO.

Sobre pantalla negra, aparece letra por letra precedido de un cursor de computadora, el siguiente súper:

SÚPER:

El esperado final que busca sorprender a todos.

14. INT. HABITACIÓN. NOCHE.

ÁNGELA y AGUSTÍN sentados sobre la cama perfectamente bien tendida. Los dos tienen los ojos cerrados. AGUSTÍN tiene en sus manos la prueba de embarazo.

AGUSTÍN.

Si es positiva voy a demandar a Trojan.

ÁNGELA:

Nos caería bien el dinero.

La pareja abre lentamente los ojos. Frente a ellos, la prueba les dice con un signo de menos marcado sobre una pantalla de tela blanca, que el resultado es negativo. Los dos se voltean a ver con una sonrisa en el rostro. No lo pueden creer. Sin embargo, en un segundo, la prueba cambia totalmente para mostrar un signo de más. El resultado es positivo. La pareja se mira incrédula. No saben qué pasa. Y menos cuando observan con sorpresa que la prueba cambia de nuevo a negativo. Es demasiado. Es demasiado cuando los dos observan con pavor que la prueba de nueva cuenta, cambia a positivo.

ÁNGELA Y AGUSTÍN:

¿Qué carajos es esto?

15. EXT. AUTOMÓVIL. DÍA.

ANTONIO, un joven de veintitrés años, conduce su automóvil mientras habla por su celular. Sobre sus piernas lleva un montón de hojas. Luce bastante enojado.

ANTONIO:

¿Qué carajos es esto? ¡El final de tu cortometraje es una mierda!

ANTONIO suelta el volante y con la mano que le queda libre arroja el montón de hojas por la ventana.

ANTONIO:

¡No pienso dirigir esta pendejada!

16. INT. HABITACIÓN DE AGUSTÍN. DÍA.

AGUSTÍN, sentado frente a una computadora con un teléfono inalámbrico junto a su rostro. Viste jeans gastados, camisa azul claro, el cabello desordenado y barba de dos semanas. Descalzo.

AGUSTÍN:

Cálmate, Toñito, no sabía cómo acabarlo.

16-a. EXT. AUTOMÓVIL. DÍA.

Corte para ver a ANTONIO manejando su automóvil a alta velocidad.

ANTONIO:

¡Hijo de puta! ¡El corto está lleno de mamadas! ¡El fin del mundo, el suicidio! ¿Y qué chingados significa Ouroboros?

16-B. INT. HABITACIÓN DE AGUSTÍN. DÍA.

Corte para ver a AGUSTÍN frente a su computadora al teléfono.

AGUSTÍN:

Ve “El ladrón de orquídeas” de Charlie Kauffman. Ese sí que es un buen guión.

16-c. EXT. AUTOMÓVIL. DÍA.

ANTONIO rebasando con su auto a gran velocidad a otros automóviles.

ANTONIO:

¡Ya la vi y me cagó! ¡Me prometiste un buen final!

16-d. INT. HABITACIÓN DE AGUSTÍN. DÍA.

AGUSTÍN levantándose de la silla frente a su computadora con el teléfono sobre su rostro.

AGUSTÍN:

No te preocupes, Toñito. La historia tiene un buen final, un final feliz.

AGUSTÍN aprieta un botón del teléfono para terminar la llamada con ANTONIO. Camina lentamente y sale de su habitación. Entra a otra donde se encuentra ÁNGELA, frente a una ventana, cargando en sus brazos a un bebé recién nacido. AGUSTÍN se acerca a ella, la abraza por la espalda.

ÁNGELA:

Ya se durmió.

ÁNGELA lleva al bebé a una cuna y lo acuesta. Regresa con AGUSTÍN. Éste la abraza por los hombros. La pareja observa por la ventana hacia el infinito.

AGUSTÍN:

Quedémonos aquí hasta la madrugada.

ÁNGELA asiente con la cabeza. Junta su cuerpo al de AGUSTÍN mientras por la ventana, el día transcurre en cámara rápida hasta que llega la madrugada.

FIN.

¿Vienes conmigo?

¿Vienes conmigo?

Pregunta deseosa de estar

a mi lado,

la reina de las madrugadas tristes.

No le contesto

Tratando de contestarle

Con la mirada.

Observo sus cejas que se alzan

Presagiando,

La llegada de una nueva

Lluvia de roces

Y lengüetazos furtivos.

¿Vienes?

Pregunta de nuevo.

Se acomoda en la cama,

Que no es otra cosa,

Más que un colchón aderezado

Por sarapes de origen ancestral.

Decido acercar mis adentros hacia ella.

Me muevo con dificultad a través

De la espesa capa de miedo

Que reposa tranquila en la habitación.

Repito su nombre en la mente

Intentando aterrizar el avión

Que mi memoria ha lanzado al espacio tiempo atrás.

Me recibe con los brazos bien calientes

Una vez que ha trepado torpemente

Sobre el nicho ahora sagrado.

Culpo a la vida,

A la tierra,

A mi madre y

A dios,

Por haberme abandonado en este sitio

Donde la felicidad olvida que

Debe despertar de ese coma eterno y

Observar el techo frío y gris

Que es este cielo.

Intento llorar y no puedo.

Intento besarla y al verme indefenso,

Sube su pierna izquierda sobre mi cuerpo.

Me enpierna.

El sudor es ahora

Tan sólo un sueño que se repite

Y que nunca termina.

A ella no le interesa,

Saber si estoy

Listo o no.

No desea otra cosa

Más que mi corazón podrido

Y

Mi semilla dentro de su vientre.

Siento su sexo moverse

Y restregarse contra mi muslo.

La escucho subir por

Mi cuerpo inerte

E indefenso que apenas palpita.

No encuentro otra opción

Sino buscarme dentro de

Su jardín soleado.

Descansaré dentro de ella.

Le daré mis últimos respiros y

Crearé,

Como si fuera barro húmedo,

Una vasija que contenga mis dolores

Y mis fobias.

Encontraré dentro de ella

La mitad que creo

Me corresponde.

Llegaré a ese lugar donde la vida

No raspe

Tanto.

Moriré dentro de ella.

Veré el último fulgor

De mi mente,

De mi alma podrida,

Reflejado en sus ojos.

Ella ahora observa el techo.

Me recibe como cualquier otro día.

Como un caballo que espera la

Montada de su jinete,

Cada vez que el gallo canta.

Agustín Vélez

Muerte en la Bahía.

El cielo espera tu llegada.

Los edificios, las torres, los castillos y las estatuas,

Aguardan expectantes tu alzamiento infinito.

Las calles abren las piernas y la oscuridad entra aceitada,

Sin gota de sangre,

Perfecta.

Tus signos y tus animales

Se muerden la conciencia.

Entreabres los ojos,

Siempre tan inocentemente cerrados.

El mar protesta,

Arroja sus aguas

Contra la bahía.

(Los soldados comunitarios han entrado en Lisboa,

dan pasos inertes,

casi invisibles.

Los puños cerrados,

Las manos vacías,

Vacías de poder).

El infierno sabe de tu próximo arribo.

Tus turistas, tus putas,

Tu congreso y tus reyes muertos.

Tus meseros malencarados,

Tus camiones hediondos.

Tu vista preciosa, tu sentido humano.

Todo el paquete cobrado en Euros.

(Las ciudades no escogen al pueblo

que las habita,

y aunque el pueblo luche por ellas,

las ciudades son las que dan la cara,

al final).

La comunidad te absorbe,

Chupa tu bohemia realeza.

Morirás y caerás sobre

Los otros cadáveres.

!Detengan las campanas,

Portugal ha muerto!

!Que callen a los pájaros,

maten a las palomas!

!Que los barcos se hundan,

que las estatuas exploten!

!Resistencia!

!Libertad!

!Autonomía!

Bah.

Todos han muerto, asesinados.

Las palabras transparentes, apuñaladas.

Cielos cerrados.

!Portugal ha muerto!

!Lisboa le llora!

Ríos inexistentes,

De cálidas aguas,

Se escuchan venir.

Agustín Vélez,

Lisboa.

Junio, 2002.

viernes, 12 de febrero de 2010

Vélez Gallegos.



Vélez Gallegos.

Te miro y no sé quién eres.

Si eres yo u otra cosa que no sabe qué es.

Sé que tienes fibras que vibran al aire

Revoloteando

En un personaje oscuro

Lleno de luz.

Palomilla,

Mariposa,

Casa oscura,

Mierda de cura,

Qué guerra

Qué paz.

Que venga La Paz.

Eres para mi abuelo, diciéndolo en palabras simples:

Y me has dejado perdido buscándote

Entre mujeres de restos y rostros de

María.

Cambiaría cualquier cosa por no haber sido

Tu hijo.

Cambiarías cualquier cosa por no

Haber sido.

Pero soy.

Pero eres.

Una vez más soy por tres veces.

Y me has dejado como un algo

Que siente y que sufre y

Que siente

Como si en eso se le fuera la muerte.

Enterrado o volando estás.

Y yo vuelo, mi abuelo,

Recordándote.

Extrañándote poco.

Muy poco.

Subiendo y sabiendo que ahí estarás.

Añorando la piel

De eso que pudiste ser y

Que nunca fuiste.

Espero.

Espero ser.

Otro que no seas tú.

Pero que sea.

Entre escaleras

Café y mojadas y arena:

Que eso sea.

Agustín Vélez Romero.

Febrero once del dos mil diez.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Enero del dos mil nueve.

Enero del dos mil nueve.

Hay algo en verte tirada al

Sol que me pone a pensar en cosas.


Tu estómago sube y baja

Al compás de tus oídos y tus pies apuntan

A un cielo de nubes vacío.


Viendo hacia adentro de ti

Es cuando presumes de una mirada profunda.


Deja atrás la vacilación

Cotidiana que tienen tus ojos

Como si te concentraras

En tomarle el ritmo a ese

Huracán violento que

Vuela en tu cielo

De entrañas.


Yo no sé qué es lo que

Vive tan dentro de ti y nunca

Lo sabré.


Porque una mujer nunca olvida y

Yo a veces me olvido de todo.


Porque viven tantas personas todas tan dentro de ti

Que no conozco y nunca conoceré.


Hay algo en el fondo de ti que no sé

Si es misterio o es agua.

Porque floto y me pierdo sabiendo y subiendo

Por la única salida que es tu boca

Y que tendré que esperar a que abra.


Mi instinto explorador me da

Señales de peligro.


Pero mi espíritu de hombre

Se arriesga aunque ya ha

Perdido varias veces.


Y es que hay algo en el verte

Tirada ante el sol que

Me pone a pensar en cosas.


Hay algo en el verte viva

Aunque muerta que me asusta

Y me pierde.


Hay algo en el ver tu

Estómago subir y bajar que

Me sabe a un mar controlado y bien salado

Por los cambiantes humores de la luna.


Y es que hay algo en mí que hay en ti,

Perdido en ese subir y bajar que me hace

Pensar que se han acomodado las cosas tanto como

Un gato olvidado en la cornisa.


Y si tal vez entro por tus dedos

De tus pies tendidos

Y subo en silencio por adentro de tus piernas.

Y nado y choco contra los lunares

De tu pecho hasta,

Al fin,

Llegar a tu cabeza.


Pero es que me asusta encontrar algo

Ahí.

Tan sólo una moneda que

No reconozca.


Y que viviendo en ese infierno,

Me de cuenta de que tu boca sigue cerrada como ahora,


Y nunca encuentre la salida.

Agustín Vélez.

Enero del dos mil nueve.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Bajo el sol.

Bajo el sol.

Quiero que imagines que hay palmeras. Que el sol está en su punto más alto. Que estamos en un lugar impreciso, tan impreciso, que no se sabe si estamos de vacaciones o simplemente caímos ahí. Que estamos frente a una mesa de madera y sobre ella, sólo hay un florero con dos margaritas, un cenicero y dos cervezas Pacífico. Que la etiqueta de la cerveza está tan mojada que si te fijas bien, se desliza cada segundo un milímetro hacia la base. Que hace calor, tanto calor, que tu perfume y mi loción se evaporan de nuestros cuerpos para unirse en un punto cercano al centro de nuestras cabezas. Que la mesa ante la que estamos sentados está en una terraza. Una terraza de losas rojizas mojadas por la brisa del mar. Imagina que escuchamos no sólo el mar, ni el viento ni a los pájaros sino también una canción proveniente de las bocinas postradas en la barra. Que detrás de ésta, vemos a un cantinero de pantalón negro y guayabera blanca con la mirada clavada en un punto entre el mar y el cielo que no es el horizonte sino su vida. Que se empeña en lavar un vaso que no es un vaso sino su vida. Que luce, el cantinero, tan amable como si fuera parte de nuestra familia o comprendiera a la perfección el motivo por el que estamos ahí. O mejor: como si no le importara que nosotros pensamos que es como de nuestra familia o que entiende a la perfección el motivo por el que estamos ahí.

Imagina que frente a nosotros está el mar. De un azul tan brillante que pareciera estar lleno de electricidad. Y que bien pegado a él está el cielo. De un amarillo tan brillante que pareciera estar vacío de electricidad. Imagina que el sol cae directo sobre nuestros hombros. Que mueves los dedos de tus pies entre las costuras de tus sandalias. Que si subes por tus piernas, no sientes más que un calor cómodo que quema sin pausas pero sin prisas. Que tus caderas sólo son cubiertas por una minifalda de mezclilla y tu torso por una blusa blanca de algodón de tirantes. Que vamos en la quinta cerveza. En esa cerveza que te arroja a un punto muerto entre la posible embriaguez y la confiable placidez. Que platicamos de cualquier cosa, del mesero, de la brillantez del mar y del cielo, de tus piernas o de mi barba ahora más roja, de una vez que fuimos a ese lugar donde

- el piso era de arena, ¿te acuerdas?

- Sí, y que yo te invité varios Jack Daniels porque querías sentirte muy hombre.

- Claro. Me tomé ocho o nueve vasos acompañados con hielo mientras tú bailabas música pésima.

- Y saliendo me llevaste a mi casa. Sin importarte que estábamos en el sur de la Ciudad donde tú vivías y que yo vivía hacia el norte.

- Recorrimos la Ciudad por Insurgentes sin dejar de platicar. A la mitad del camino yo me sentí demasiado borracho y tú te pusiste al volante.

- Me dejaste en casa de mis papás y antes de que me bajara, te besé como veinte minutos.

- Yo te besé a ti.

- No. Yo a ti.

- Está bien, pero no fue tanto tiempo.

- Qué necio.

- De regreso a mi casa me hablaste al celular y no colgamos hasta que estuve en mi cama.

- Mmm.

- Mmm.

Ahora imagina que dejamos la cerveza por tequila para ti y ron para mí. Que el sol de las doce ahora es el sol de las tres. Que nuestra piel comienza a verse más roja, pero que bajo el efecto de la cerveza, luce dorada. Que el cantinero y único mesero del lugar, nos cambia el cenicero, limpia la mesa y enciende tu cigarro. Que el humo que sale de tu boca se pierde plateado entre el azul del cielo. Que nos miramos sin tratar de entender qué hacemos ahí o hacia dónde vamos.

Ahora imagina que yo desaparezco. Que no me voy caminando de ahí, simplemente, me esfumo. Imagina que tus ojos, acostumbrados a no verme pues nunca estuve ahí, siguen perdidos en ese punto entre el mar y el cielo que no es el horizonte sino tu vida. Imagina que decides mejor no pedir un tequila porque sientes que te falta algo. Imagina que le das un último trago a tu cerveza y estiras las piernas.

Ahora imagina que tú tampoco estás ahí. Que no te vas caminando, simplemente, te esfumaste. Que la mesa de madera, el florero y el cenicero siguen frente al mar azul eléctrico y el cielo amarillo brillante. Que la única persona que aún ocupa ese espacio es el cantinero/mesero limpiando su vida con un trapo. Que las losas rojas siguen sudando y que las cervezas que nos tomamos, siguen guardadas en el refrigerador.

Hace mucho tiempo, mi padre me pidió que fuera pensando qué hacer con mi futuro. Una semana después, asistí, llevado por la suerte, a la exposición de un pintor portugués en el colegio de San Ildefonso. Llegué a una pintura que llamó mi atención. Era la imagen de una terraza ocupada por tres mesas de madera, cada una con un cenicero y un florero con dos margaritas. A la izquierda se distinguía, detrás de una barra larga, a un cantinero lavando un vaso, viendo a un punto incierto. La mesa central, la más pegada al mar azul eléctrico y al cielo amarillo brillante, descansaba tranquilamente sobre losas rojas húmedas de brisa. Y frente a esta mesa, sentados ante ella, dos manchas difuminadas de pintura, parecían platicar entre sí. Dos manchas que se confundían con el mar, el cielo, con las sillas y con las mesas. Dos manchas apenas sugeridas, de un color aún no nacido, de un color en proceso de serlo. El cuadro se llamaba “Futuro bajo el sol”. Y siempre pensé, aún lo sigo pensando, que esas dos manchas eran sólo fantasmas, esperando ser asaltadas por dos personas bien vivas.

Para Ella.

Agustín Vélez.

Ciudad de México.

Abril del dos mil seis.